viernes, 16 de diciembre de 2011
viernes, 27 de mayo de 2011
Desde el más acá
Volvía ayer a casa en la bici de vuelta del laburo; pedaleaba sin mucha energía mirando para abajo, siguiendo una grieta finita que observe sobre Clerkenwell Road. Pasando Roseberry Avenue, levanté la vista y vi de fondo la rotonda de Old Street que más o menos marca la mitad del trayecto; me animé un poco ante el prospecto de llegar a casa, chacotear con Felipe y ponerme al día con Inés. Levanté el traste del asiento y empecé a pedalear con más ganas. Volví a mirar el piso y note que la grieta se abría a toda velocidad y más rápido de lo que pudo procesar mi mente, de la grieta aparecieron vías por las que venía un tren a toda velocidad. Sin ninguna oportunidad de reaccionar chocamos de frente y morí de manera instantánea.
Justamente esta mañana escuchaba un podcast en BBC Radio 4, una entrevista que le hizo Carrie Gracie a Nando Parrado, un sobreviviente del vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya que se estrello en los Andes en 1972. El tipo decía que no había que preguntarse ¿por qué me tuvo que tocar a mí?, que más bien uno se debiera preguntar ¿por qué no me va a tocar a mí?, Según él Dios no elige a quién hace el bien o el mal. Y hablando de Dios, lamento cantarles el fin de la película a todos los creyentes pero tengo evidencia de que Dios no existe, por lo menos no cuando te morís, acá no hay nadie. Soy una pelota de memoria sin cuerpo completamente extirpada de sensaciones y sentimientos y estoy a punto de dejar de ser.
¡Lo parió!, así en un segundo, sin esperarlo, me tocó la lotería de la Muerte y el comentario de Parrado fue mi profecía. Le pido licencia a Douglas Coupland, a quien le tomo prestado el recurso de escribir desde el más allá, para contarles la historia de mi vida y de mi muerte.
En el instante antes de morirme venía pensando en Felipe a quien le llevaba una remera serigrafiada con el dibujo de un león. Por suerte no sufrí ningún dolor, estuve despierto durante unos segundos pero no sentí absolutamente nada; lo primero que llegó fue el silencio y después la oscuridad. La remera esta en una bolsita de plástico dentro de mi bolso, me gustaría que la recuperaran, todo lo demás, lo que quedó de mi bicicleta, el bolso, mi ropa se puede tirar. Y ya que estamos con practicidades, me gustaría dejar sentado algunas cosas que tal vez hubiera sido bueno decir antes de morirme. No me importa si Felipe elije ser Ingles o Argentino, cualquiera sea la elección a mi me gustaría que sepa cosas de mí cuando era chico y que le pregunte mucho a los abuelos y a la Mamá. La gente hoy tiene muy poco registro de su ante-pasado. Pídanle a la abuela que les cuente la anécdota de Bohabdil Abu 'abd-Allah Muhammad XII, rey de Granada, de quien seguramente no descendemos directamente, pero nos gusta entretener la idea. A los abuelos Gringos vuélvanlos locos a preguntas que le recuerden la descendencia Polaca, Escocesa, Italiana y Catalana. Quiero que sepa que esta lleno de parientes antepasados que cambiaron su nacionalidad. Inés, me parece bien que te juntes con otro tipo. No explotes el perfil viudita más que para conquistar. No pienses que me va a dar celos porque no voy a ver nada, y no te persigas o especules con la idea de si lo apruebo o no, porque seguro que no.
Antes de desaparecer del todo quiero que se sepa que mi vida fue muy privilegiada. Por suerte no me toco ninguna guerra demasiado cerca, excepto Malvinas que duró menos de tres meses y terminó con final feliz: se fueron los milicos. Fui totalmente inmune a la dictadura y que tuve la oportunidad de acceder al conocimiento prácticamente sin ningún límite.
Una desventaja de no haber llegado a viejo, morí a los 39, es que no voy a poder aburrir a mis nietos con historias del pasado. He aquí un sucinto intento de recolección autobiográfica en un párrafo.
Mi primera infancia fue seguramente muy buena, pero lógicamente no me acuerdo de nada, sólo cuentos de que lloraba mucho y que seguramente me hizo muy bien. Mis padres tenían ambos 25 años recién cumplidos cuando yo nací, en un lugar del mundo donde a pesar de la guerrilla infame que afecto a la Argentina en los 70, nuestra familia vivió en una burbuja indiferente y separada de cualquier tipo de involucramiento y resultamos todos ilesos y sin memoria de lo ocurrido. Mis recuerdos de la infancia, en cambio, son tímidos, llenos de hermanos, primos, amigos, abuelos, navidades, caballos, perros y alboroto. La adolescencia y la secundaria sacaron lo mejor de mí. Tengo un fotográfico recuerdo un día en el 83 cuando festejamos el primer cumpleaños de la democracia en 7mo grado.Vinieron eras de alegres jingles televisivos pegadizos de campañas políticas y dulces de leche que terminaron con un pasado oscuro que había sido invisible a mis ojos. El colegio de curas fue una experiencia bastante arcaica, donde me trataron de explicar misterios que jamás fueron lo suficientemente misterioros para estimular mi imaginación y mucho menos mis creencias, pero los recuerdo con alegría. El servicio militar fue una pérdida de tiempo, pero también una inflexión en mi vida y una experiencia de la que saqué buenos amigos. La época de la universidad fue para mí una revelación, el descubrimiento de la ciudad de Córdoba que desconocía, y una sobredosis hormonal que probablemente justifique mi indiferencia a las drogas. Un año sabático en la ciudad más Lúgubre de España fue una conexión con migo y otros misterios mundanos. Cuando volví a Córdoba, sentí muchas ganas de vivir y de soñar y terminando la carrera tuve un impulso irresistible por mandarme a mudar a otro lugar. Justo en ese momento volví a conocer a Inés, una chica que conocía del coro de la parroquia donde cantábamos en misa. Ella, que había ido al colegio de monjas escolapias, fue la única persona en el mundo que me entendió de verdad, y sin casi nada de tiempo para conocernos "bien" nos mudamos a Buenos Aires donde nos fascinamos el uno con el otro y con el intenso encanto de la metrópolis. Nos terminamos casando a las apuradas para poder irnos juntos a Ohio, donde gracias a una beca Fulbright pude especializarme en Arquitectura. Este viaje fue de ida, nunca volvimos sino de visita. Los paradigmas de la convivencia en el mundo venían cambiando, un fenómeno reconocido como globalización, y justo tres semanas después de llegados a Estados Unidos pasó lo que pasó el 11 de Septiembre de 2001. En el momento que empezamos a saborear el mundo, el mundo se volvió rancio y se convirtió en un lugar menos hospitable para vivir. Así nos edificamos como extranjeros y recién graduado nos mudamos a New York y empezamos nuestra vida de adultos, tan distinta de la que soñamos pero con una magia impulsada por el propio combustible multicultural de la ciudad y por nuestros treinta años de acumulada creatividad y juventud. No paramos hasta mudarnos a Londres, donde parecía que el mundo gravitaba entonces y donde pensábamos quedarnos un par de años y terminó por convertirse en nuestra residencia permanente. En Londres lo tuvimos a Felipe y se consumó humanamente lo que a veces fallamos en reconocer como felicidad.
A muchos les quedará la sensación de que me morí en la mejor etapa de mi vida, como los mártires de Hollywood que no vivieron para tener canas y nietos. Yo morí justo en la flor de mi madurez a los 39 años, con una vida un poco aburguesada, con algunas notas de bohemia y con ideas más o menos liberales sobre casi todas las cosas. Pequeños triunfos cotidianos, frustraciones moderadas y recurrentes y una pasión calma por seguir viviendo y soñando con un futuro eternamente re-planificado a fuerza de cambios mínimos, ocupaban mi tiempo cuando morí. Hay un montón de proyectos anotados en stickies en mi mac que quedaron en la nada, una planilla Excel con nuestras finanzas que nunca cerraron ni nos cambiaron de manera significativa la existencia. Los proyectos megalómanos en los años que trabajé para Kohn Pedersen and Fox seguramente se construirán y con seguridad me decepcionarían. Las ganas de empezar un emprendimiento propio y proyectos de vivir en aun otras ciudades se fueron conmigo.
A los que nunca les dije que los quiero, mi excusa es un gen de carácter duro y castellano que me lo impidió. Entre nosotros quedará el tácito amor que se percibe cuando no estás.
Justamente esta mañana escuchaba un podcast en BBC Radio 4, una entrevista que le hizo Carrie Gracie a Nando Parrado, un sobreviviente del vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya que se estrello en los Andes en 1972. El tipo decía que no había que preguntarse ¿por qué me tuvo que tocar a mí?, que más bien uno se debiera preguntar ¿por qué no me va a tocar a mí?, Según él Dios no elige a quién hace el bien o el mal. Y hablando de Dios, lamento cantarles el fin de la película a todos los creyentes pero tengo evidencia de que Dios no existe, por lo menos no cuando te morís, acá no hay nadie. Soy una pelota de memoria sin cuerpo completamente extirpada de sensaciones y sentimientos y estoy a punto de dejar de ser.
¡Lo parió!, así en un segundo, sin esperarlo, me tocó la lotería de la Muerte y el comentario de Parrado fue mi profecía. Le pido licencia a Douglas Coupland, a quien le tomo prestado el recurso de escribir desde el más allá, para contarles la historia de mi vida y de mi muerte.
En el instante antes de morirme venía pensando en Felipe a quien le llevaba una remera serigrafiada con el dibujo de un león. Por suerte no sufrí ningún dolor, estuve despierto durante unos segundos pero no sentí absolutamente nada; lo primero que llegó fue el silencio y después la oscuridad. La remera esta en una bolsita de plástico dentro de mi bolso, me gustaría que la recuperaran, todo lo demás, lo que quedó de mi bicicleta, el bolso, mi ropa se puede tirar. Y ya que estamos con practicidades, me gustaría dejar sentado algunas cosas que tal vez hubiera sido bueno decir antes de morirme. No me importa si Felipe elije ser Ingles o Argentino, cualquiera sea la elección a mi me gustaría que sepa cosas de mí cuando era chico y que le pregunte mucho a los abuelos y a la Mamá. La gente hoy tiene muy poco registro de su ante-pasado. Pídanle a la abuela que les cuente la anécdota de Bohabdil Abu 'abd-Allah Muhammad XII, rey de Granada, de quien seguramente no descendemos directamente, pero nos gusta entretener la idea. A los abuelos Gringos vuélvanlos locos a preguntas que le recuerden la descendencia Polaca, Escocesa, Italiana y Catalana. Quiero que sepa que esta lleno de parientes antepasados que cambiaron su nacionalidad. Inés, me parece bien que te juntes con otro tipo. No explotes el perfil viudita más que para conquistar. No pienses que me va a dar celos porque no voy a ver nada, y no te persigas o especules con la idea de si lo apruebo o no, porque seguro que no.
Antes de desaparecer del todo quiero que se sepa que mi vida fue muy privilegiada. Por suerte no me toco ninguna guerra demasiado cerca, excepto Malvinas que duró menos de tres meses y terminó con final feliz: se fueron los milicos. Fui totalmente inmune a la dictadura y que tuve la oportunidad de acceder al conocimiento prácticamente sin ningún límite.
Una desventaja de no haber llegado a viejo, morí a los 39, es que no voy a poder aburrir a mis nietos con historias del pasado. He aquí un sucinto intento de recolección autobiográfica en un párrafo.
Mi primera infancia fue seguramente muy buena, pero lógicamente no me acuerdo de nada, sólo cuentos de que lloraba mucho y que seguramente me hizo muy bien. Mis padres tenían ambos 25 años recién cumplidos cuando yo nací, en un lugar del mundo donde a pesar de la guerrilla infame que afecto a la Argentina en los 70, nuestra familia vivió en una burbuja indiferente y separada de cualquier tipo de involucramiento y resultamos todos ilesos y sin memoria de lo ocurrido. Mis recuerdos de la infancia, en cambio, son tímidos, llenos de hermanos, primos, amigos, abuelos, navidades, caballos, perros y alboroto. La adolescencia y la secundaria sacaron lo mejor de mí. Tengo un fotográfico recuerdo un día en el 83 cuando festejamos el primer cumpleaños de la democracia en 7mo grado.Vinieron eras de alegres jingles televisivos pegadizos de campañas políticas y dulces de leche que terminaron con un pasado oscuro que había sido invisible a mis ojos. El colegio de curas fue una experiencia bastante arcaica, donde me trataron de explicar misterios que jamás fueron lo suficientemente misterioros para estimular mi imaginación y mucho menos mis creencias, pero los recuerdo con alegría. El servicio militar fue una pérdida de tiempo, pero también una inflexión en mi vida y una experiencia de la que saqué buenos amigos. La época de la universidad fue para mí una revelación, el descubrimiento de la ciudad de Córdoba que desconocía, y una sobredosis hormonal que probablemente justifique mi indiferencia a las drogas. Un año sabático en la ciudad más Lúgubre de España fue una conexión con migo y otros misterios mundanos. Cuando volví a Córdoba, sentí muchas ganas de vivir y de soñar y terminando la carrera tuve un impulso irresistible por mandarme a mudar a otro lugar. Justo en ese momento volví a conocer a Inés, una chica que conocía del coro de la parroquia donde cantábamos en misa. Ella, que había ido al colegio de monjas escolapias, fue la única persona en el mundo que me entendió de verdad, y sin casi nada de tiempo para conocernos "bien" nos mudamos a Buenos Aires donde nos fascinamos el uno con el otro y con el intenso encanto de la metrópolis. Nos terminamos casando a las apuradas para poder irnos juntos a Ohio, donde gracias a una beca Fulbright pude especializarme en Arquitectura. Este viaje fue de ida, nunca volvimos sino de visita. Los paradigmas de la convivencia en el mundo venían cambiando, un fenómeno reconocido como globalización, y justo tres semanas después de llegados a Estados Unidos pasó lo que pasó el 11 de Septiembre de 2001. En el momento que empezamos a saborear el mundo, el mundo se volvió rancio y se convirtió en un lugar menos hospitable para vivir. Así nos edificamos como extranjeros y recién graduado nos mudamos a New York y empezamos nuestra vida de adultos, tan distinta de la que soñamos pero con una magia impulsada por el propio combustible multicultural de la ciudad y por nuestros treinta años de acumulada creatividad y juventud. No paramos hasta mudarnos a Londres, donde parecía que el mundo gravitaba entonces y donde pensábamos quedarnos un par de años y terminó por convertirse en nuestra residencia permanente. En Londres lo tuvimos a Felipe y se consumó humanamente lo que a veces fallamos en reconocer como felicidad.
A muchos les quedará la sensación de que me morí en la mejor etapa de mi vida, como los mártires de Hollywood que no vivieron para tener canas y nietos. Yo morí justo en la flor de mi madurez a los 39 años, con una vida un poco aburguesada, con algunas notas de bohemia y con ideas más o menos liberales sobre casi todas las cosas. Pequeños triunfos cotidianos, frustraciones moderadas y recurrentes y una pasión calma por seguir viviendo y soñando con un futuro eternamente re-planificado a fuerza de cambios mínimos, ocupaban mi tiempo cuando morí. Hay un montón de proyectos anotados en stickies en mi mac que quedaron en la nada, una planilla Excel con nuestras finanzas que nunca cerraron ni nos cambiaron de manera significativa la existencia. Los proyectos megalómanos en los años que trabajé para Kohn Pedersen and Fox seguramente se construirán y con seguridad me decepcionarían. Las ganas de empezar un emprendimiento propio y proyectos de vivir en aun otras ciudades se fueron conmigo.
A los que nunca les dije que los quiero, mi excusa es un gen de carácter duro y castellano que me lo impidió. Entre nosotros quedará el tácito amor que se percibe cuando no estás.
domingo, 19 de diciembre de 2010
miércoles, 28 de julio de 2010
Potty Training
El temita de aprender/enseñar a ir al baño por cuenta propia me tiene preocupado. Felipe es para mí una especie de alter ego filosófico que crece en mí cada día. Me provoca preguntas fundamentales como si lo que somos tiene más de crianza o de naturaleza y si es cierto que hay algo de mí en él. Me pregunto a veces si el efecto de un reto tendrá consecuencias buenas o pernicionas en el futuro y más recientemente, después de su segundo cumpleaños no paro de preguntarme qué consecuencias podrá tener en su vida el aprendizaje de hacer pis y caca solo.
Me acuerdo en los años noventa cuando con mis hermanos vivíamos todavía todos en casa, la casa de nuestros viejos, en esa época íbamos todos a la universidad. Me acuerdo una vez que madrugué antes que los demás para ir a la facu y me encontré en la mesa del desayuno un apunte de psicología evolutiva que Josefina, mi hermana que entonces estudiaba psicopedagogía, que se había dejado en la mesa de la cocina después de una noche larga de estudio. A falta de diario matutino leí con atención y sorpresa un artículo sobre el duelo anal que me quedo grabado para siempre y que he modificado en mi modus pensandi para acomodar mis teorías sobre todas las cosas. En síntesis, el artículo propone que hay una relacion directa entre el rigor en el aprendizaje del control de esfinter anal y la personalidad meticulosa, y la afisión, a veces obsesión por la limpieza. Tanto me pegó el artículo, que tiendo a reducir todo conocimiento psicológico a un solo factor convergente: la conciencia del control del esfínter o el duelo anal.
Así, en los más de diez años que pasaron, comencé a especular sobre cuál habría sido la experiencia de distintas personas que conocí a lo largo de mi vida, cuando aprendieron a hacer lo propio en la pelela e interpretar sus conductas a partir de estas especulaciones. Cuando nos mudamos con Inés a Estados Unidos, inmediatamente se me represento cómo toda una sociedad, mucho más meticulosa que la nuestra, había sido víctima por muchas generaciones de lo que ellos llaman "potty training". Así aprendí a respetar a personajes a veces desacreditados en nuestra sociedad por su obsesión por el detalle por encima del todo, los nunca bien reputados anales. A los anales hay que recurrir siempre cuando uno tiene una duda con respecto a un código, verificación de control de calidad y por sobre todas las cosas son los que toman mejores notas de las reuniones y no sacaron ninguna conclusión más allá de lo que se dijo, el perfecto opuesto a mí, lo cual me deja pensando cómo hicieron mi Papá y mi Mamá para enseñarme qué había que hacer en esa enorme taza enlosada que había en los setenta que se llamaba pelela.
Hoy la vida me propone un desafío monumental al que jamás me habría enfrentado de no haber sido expuesto a la lectura de aquel artículo acerca de la contención. Felipe reconoce perfectamente el concepto de pis y caca, a tal punto que a veces, para demostrar lo bien que entiende después de gritar un rato largo "caaaacaaaa" anunciando que necesita cambio de pañal, toma una muestra con su propia mano y nos la enseña con cara de asco para que hagamos más expeditivo el trámite. Inés y yo, somos muy conscientes de la importancia de esta etapa anal y estamos decididos a literalmente no cagarle la vida desde tan temprano. Comentando esto con una amiga en el trabajo, ella compartió conmigo una técnica que consiste en envolver pequeño regalos y colocarlos en un estante fuera del alcance del nene y cada vez que correctamente haga pis y/o caca en el "potty" se le entrega un regalo acompañado de sonrisas y aplausos. No pude sino rechazar de cuajo esta sugerencia por asociaciones que no pude evitar entre el premio y por extensión el dinero y la genitalidad y por extensión el sexo. Pensé inmediatamente que estaríamos criando a un perverso propenso a pagar por satisfacciones genitales. A lo mejor mi análisis llego muy lejos, pero por las dudas no lo vamos a intentar.
Ante la duda sobre qué hacer o si hacer algo o no, me apoyo en la teoría de que ante la duda, la mejor decisión es no hacer nada. En ese contexto y por no tolerar la idea de "entrenamiento" del control del esfínter, Felipe este verano experimenta sólo y nosotros sólamente le insinuamos donde sería más práctico hacer caca y/o pis, en ese orden de importancia. Mientras tanto Inés y yo seguimos limpiando debajo de la mesa, en el pasillo y hasta muy de vez en cuando en la pelela. Yeah!
martes, 4 de mayo de 2010
Carta de Felipe al Diego
Yo no soy partidario de enseñarle a mi hijo a cantar la Marcha de las Malvinas, pero sí me gustaría que cuando crezca se reconozca argentino y que registre su argentinidad sanamente y sin conflictos heredados.
Con el comienzo del mundial en Sudafrica dentro de poco, ví una excelente oportunidad educativa. Esta es la primer copa del mundo para mi hijo de dos años y pensé que era importante hacer algo más que comprarle una camiseta y enseñarle el "vamos vamos". Pense entonces que tenía que ir un tranquito más alla de las frivolidades y fetiches típicos del fútbol y arme este poster para empezar a enseñarle que es importante jugar limplio y lindo para ganar.
Yo tuve la suerte de vivir dos mundiales donde Argentina salió campeón. Ver uno más con Felipe contribuiría a la inexorable evidencia de que se siente mejor ser Argentino que ser Inglés.
miércoles, 17 de febrero de 2010
Dejarnos quedar Indefinidamente
Hacía cinco años que esperábamos que llegara el 2 de Febrero de 2010.
Cuando llegamos al Reino Unido no teníamos muy claro si nos quedaríamos a vivir o no, pero sabíamos que si nos quedábamos 5 años trabajando continuamente en relación de dependencia, el gobierno británico nos otorgaría residencia permanente. Una vez conseguido este estado, llamado literalmente "dejo indefinido a quedarse" o mejor traducido como permiso a estancia indefinida (indefinite leave to remain) uno puede tramitar pasaporte británico cumplido el año en este poético estado.
A Londres llegamos un providencial 9 de Julio de 2004, en medio de lo que se dice fue el mejor verano en lo que va del siglo. En ese momento nuestra categoría inmigratoria era: turistas. En el 2005 conseguimos permiso para trabajar y nos parecía remoto pensar en conseguir residencia permanente y ni hablar de la ciudadanía. Veníamos de New York, con cuentos kafkanos de amigos detras de la infame Green Card.
Hoy tuvimos turno en la Home Office (algo así como la Policía Federal, pero sin ser la cana) para concretar nuestra residencia permanente. Inés anoche paniqueó por el inminente pago de mil ciento veinte extorsivas libras esterlinas por presentar la solicitud y se planteó si realmente queríamos ser británicos en el 2011 y si realmente valía lo que costaba el bendito documento de residencia. Esto, planteado horas antes de nuestra entrevista y después de haber esperado 5 años y de haber aprobado el examen de concocimiento sobre la vida en el Reino Unido, me pareció un gran absurdo y me tomó por sorpresa una desenfrenada verborragia de justificaciones que incluyó la posibilidad de que Felipe fuera a Oxford o Cambridge. Se me vinieron a la mente las preguntas del test y la estúpida manía que tienen los ingleses de hacer cola hasta para servirse comida en una fiesta de amigos. Yo soy más como el toro, una vez que apunté ya no pregunto más y arremeto, así que la pobre Inés se tuvo que quedar sin reflexion y esta mañana salimos sin chistar a buscar la residencia permanente.
Cuando nació Felipe lo registramos como ciudadano Argentino. Acá rige el infame jus sanguinis donde sólo hijos de Británicos pueden ser Británicos, la tierra no otorga ningún derecho. A Felipe en ese momento lo llevamos al consulado Argentino donde se habían acabado los pasaportes consulares y no había perspectiva de que los hubiera disponibles en el futuro inmediato. Nos atendió la gorda de Gasalla y nos informó que eshos no podían hacer nada, que de Buenos Aires no les mandaban libretas. El pobre de Felipe estaba efectivamente en un limbo de patria. Finalmente, y como podía esperarse de nuestro solidario país, a través de una amiga de un amigo nos consiguieron que apareciera en un cajón del consulado un pasaporte reservado para casos especiales que le otorgó a Felipe la Nacionalidad Argentina por Opción que en nuestro caso fue, en realidad, por falta de Opción.
Hoy finalmente dimos el primer paso serio hacia la obtención de la ciudadanía Británica y se nos permite la estancia indefinida aca. Dentro de un año los tres tendremos pasaporte británico. Vengo planeando fríamente para entonces que no se me mueva ni un pelo cuando jure lealtad a Isabel Segunda de Inglaterra y me he imaginado una burbuja de brillantina hedionda en flatulencias que me protejerá de quienes me tilden de vendepatria. Mientras tanto este año le conseguiremos una camiseta celeste y blanca a Felipe para que grite los goles del Mundial en Sudafrica.
Cuando llegamos al Reino Unido no teníamos muy claro si nos quedaríamos a vivir o no, pero sabíamos que si nos quedábamos 5 años trabajando continuamente en relación de dependencia, el gobierno británico nos otorgaría residencia permanente. Una vez conseguido este estado, llamado literalmente "dejo indefinido a quedarse" o mejor traducido como permiso a estancia indefinida (indefinite leave to remain) uno puede tramitar pasaporte británico cumplido el año en este poético estado.
A Londres llegamos un providencial 9 de Julio de 2004, en medio de lo que se dice fue el mejor verano en lo que va del siglo. En ese momento nuestra categoría inmigratoria era: turistas. En el 2005 conseguimos permiso para trabajar y nos parecía remoto pensar en conseguir residencia permanente y ni hablar de la ciudadanía. Veníamos de New York, con cuentos kafkanos de amigos detras de la infame Green Card.
Hoy tuvimos turno en la Home Office (algo así como la Policía Federal, pero sin ser la cana) para concretar nuestra residencia permanente. Inés anoche paniqueó por el inminente pago de mil ciento veinte extorsivas libras esterlinas por presentar la solicitud y se planteó si realmente queríamos ser británicos en el 2011 y si realmente valía lo que costaba el bendito documento de residencia. Esto, planteado horas antes de nuestra entrevista y después de haber esperado 5 años y de haber aprobado el examen de concocimiento sobre la vida en el Reino Unido, me pareció un gran absurdo y me tomó por sorpresa una desenfrenada verborragia de justificaciones que incluyó la posibilidad de que Felipe fuera a Oxford o Cambridge. Se me vinieron a la mente las preguntas del test y la estúpida manía que tienen los ingleses de hacer cola hasta para servirse comida en una fiesta de amigos. Yo soy más como el toro, una vez que apunté ya no pregunto más y arremeto, así que la pobre Inés se tuvo que quedar sin reflexion y esta mañana salimos sin chistar a buscar la residencia permanente.
Cuando nació Felipe lo registramos como ciudadano Argentino. Acá rige el infame jus sanguinis donde sólo hijos de Británicos pueden ser Británicos, la tierra no otorga ningún derecho. A Felipe en ese momento lo llevamos al consulado Argentino donde se habían acabado los pasaportes consulares y no había perspectiva de que los hubiera disponibles en el futuro inmediato. Nos atendió la gorda de Gasalla y nos informó que eshos no podían hacer nada, que de Buenos Aires no les mandaban libretas. El pobre de Felipe estaba efectivamente en un limbo de patria. Finalmente, y como podía esperarse de nuestro solidario país, a través de una amiga de un amigo nos consiguieron que apareciera en un cajón del consulado un pasaporte reservado para casos especiales que le otorgó a Felipe la Nacionalidad Argentina por Opción que en nuestro caso fue, en realidad, por falta de Opción.
Hoy finalmente dimos el primer paso serio hacia la obtención de la ciudadanía Británica y se nos permite la estancia indefinida aca. Dentro de un año los tres tendremos pasaporte británico. Vengo planeando fríamente para entonces que no se me mueva ni un pelo cuando jure lealtad a Isabel Segunda de Inglaterra y me he imaginado una burbuja de brillantina hedionda en flatulencias que me protejerá de quienes me tilden de vendepatria. Mientras tanto este año le conseguiremos una camiseta celeste y blanca a Felipe para que grite los goles del Mundial en Sudafrica.
viernes, 15 de enero de 2010
Córdoba en el Aire
Córdoba es un estado en mi mente todo el año, una explicación sincera y a veces descolorida de una ciudad cuya belleza es infotografiable.
Cuando aterrizas en Pajas Blancas, Córdoba te pega en la jeta en el instante que se descomprime la cabina del avión. Es el aire, el tipo de humedad, los ácaros que la habitan, las partículas de tierra, de cemento y de yuyos que la componen que tienen una especificidad única e irrepetible en ningún otro lugar del planeta.
Esto seguramente es cierto de cualquier ciudad, pero en el caso de Córdoba, probablemente porque vamos casi siempre en verano, tiene esa alevosa capacidad de golpearte física y emocionalmente. Esas partículas de aire al inhalarlas te producen un high corto pero de altísima definición, que podría describirse como una intoxicación que causa alucinaciones en forma de memorias de tu vida cuando eras chico, como el recuerdo patente a ese olor entre cemento y wasabi que te venía cuando te pegabas un golpe en el patio del colegio. El high se te pasa en el momento de cruzar la puerta que te lleva a la sala de arribos.
Como cordobés viviendo en el extranjero he comprobado que somos una minoría ínfima en la población de argentinos por el mundo. Hoy llegar a Córdoba en avión desde afuera implica más de un vuelo y las chances de encontrar a otro cordobés en el vuelo incial son casi cero.
Es mentira que te subís a un avión y apareces en otro lado de golpe como si nada, como si te hubieras teletransportado. No digo que se compare con el viaje en barco, pero la experiencia del viaje en avión es larga y tediosa, sobre todo cuando tenés que pasar una noche mal dormido en clase económica anticipando la llegada, pensando en quiénes van a ir al aeropuerto, los encontraré a todos más viejos, me verán ellos más viejo. Es un viaje en el tiempo.
En Aeroparque, en la puerta del vuelo a Córdoba, escuchás por primera vez el canto, que se acentúa cada año y muta hacia un lenguaje en sí mismo. Oís palabras nuevas en los más jóvenes y sonreís cuando escuchás esas inmortales como "ocote", o expresiones demodé como "estupendo" o la clásica anteposición de los artículos "la" o "el" a los nombres propios.
De Córdoba jamás se podría haber dicho que la queremos tanto porque nos une el espanto. Pero sí se puede corroborar cada vez que uno vuelve que el cielo de Córdoba no existe en otros lugares. El cielo, que tan difícil es de fotografiar, que no es más que una ilusión óptica donde no hay mas que aire y luz.
Felipe e Inés ya están en el aire de vuelta a Londres. Volaron de Pajas Blancas a Aeroparque, se tomaron un café con un amigo y fueron en remis a Ezeiza. En Ezeiza tomaron el vuelo BA246 que llega mañana a la madrugada de Greenwich. Me pregunto si existe alguna posibilidad por infinitesimal que sea, de que partículas de aire proveniente de Córdoba lleguen impregnadas en su ropa o en un recoveco de la valija.
Cuando aterrizas en Pajas Blancas, Córdoba te pega en la jeta en el instante que se descomprime la cabina del avión. Es el aire, el tipo de humedad, los ácaros que la habitan, las partículas de tierra, de cemento y de yuyos que la componen que tienen una especificidad única e irrepetible en ningún otro lugar del planeta.
Esto seguramente es cierto de cualquier ciudad, pero en el caso de Córdoba, probablemente porque vamos casi siempre en verano, tiene esa alevosa capacidad de golpearte física y emocionalmente. Esas partículas de aire al inhalarlas te producen un high corto pero de altísima definición, que podría describirse como una intoxicación que causa alucinaciones en forma de memorias de tu vida cuando eras chico, como el recuerdo patente a ese olor entre cemento y wasabi que te venía cuando te pegabas un golpe en el patio del colegio. El high se te pasa en el momento de cruzar la puerta que te lleva a la sala de arribos.
Como cordobés viviendo en el extranjero he comprobado que somos una minoría ínfima en la población de argentinos por el mundo. Hoy llegar a Córdoba en avión desde afuera implica más de un vuelo y las chances de encontrar a otro cordobés en el vuelo incial son casi cero.
Es mentira que te subís a un avión y apareces en otro lado de golpe como si nada, como si te hubieras teletransportado. No digo que se compare con el viaje en barco, pero la experiencia del viaje en avión es larga y tediosa, sobre todo cuando tenés que pasar una noche mal dormido en clase económica anticipando la llegada, pensando en quiénes van a ir al aeropuerto, los encontraré a todos más viejos, me verán ellos más viejo. Es un viaje en el tiempo.
En Aeroparque, en la puerta del vuelo a Córdoba, escuchás por primera vez el canto, que se acentúa cada año y muta hacia un lenguaje en sí mismo. Oís palabras nuevas en los más jóvenes y sonreís cuando escuchás esas inmortales como "ocote", o expresiones demodé como "estupendo" o la clásica anteposición de los artículos "la" o "el" a los nombres propios.
De Córdoba jamás se podría haber dicho que la queremos tanto porque nos une el espanto. Pero sí se puede corroborar cada vez que uno vuelve que el cielo de Córdoba no existe en otros lugares. El cielo, que tan difícil es de fotografiar, que no es más que una ilusión óptica donde no hay mas que aire y luz.
Felipe e Inés ya están en el aire de vuelta a Londres. Volaron de Pajas Blancas a Aeroparque, se tomaron un café con un amigo y fueron en remis a Ezeiza. En Ezeiza tomaron el vuelo BA246 que llega mañana a la madrugada de Greenwich. Me pregunto si existe alguna posibilidad por infinitesimal que sea, de que partículas de aire proveniente de Córdoba lleguen impregnadas en su ropa o en un recoveco de la valija.
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